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III Concurso de Relato Corto, 2007
Ganador: La estampita; Fernando Martínez López - Almería con:
La estampita
A lo largo de la vida hay ciertos elementos, algunos hechos que quedan grabados con intensidad inusual e indeleble en nuestro recuerdo, como si un escultor los hubiese cincelado en un rincón de la memoria para que perduraran para siempre, hacerlos perpetuos en la fugaz eternidad de nuestras existencias. La desolación es uno de estos recuerdos imperecederos, la que veía dibujada en el rostro de mi padre las noches negras que salía de casa durante los primeros meses de la Guerra Civil. En mis ojos de niño asustado se introdujeron aquellas secuencias de tristeza en las que papá abrazaba con lágrimas a mamá, su rostro demacrado, surcado por los trazos invisibles de una pena profunda, como si purgara los pecados de la humanidad, y luego me miraba a mí con el fulgor de sus ojos oscuros como el carbón, yo en un rincón, iluminado por la luz mortecina del quinqué, sin saber si correr a refugiarme entre sus brazos poderosos o guardar respetuosamente la distancia que su expresión desafortunada imponía. Tomaba su pistola, la enfundaba, se ajustaba el correaje del uniforme y no olvidaba nunca coger unas cuantas estampitas de la Virgen de la Macarena que mi tía Amparo nos regalaba, y, antes de cerrar la puerta, una última mirada, penetrante, la de la amarga desolación, tan asociada ya a mi padre como lo puedan estar la nieve y el frío.
Juana dice que aquellos recuerdos de mi niñez son los que han modelado mi carácter melancólico y que un día se tuvo que evaporar mi alegría. Seguramente tiene razón. Existe un tiempo en los albores de mi recuerdo en el que me veo alborozado en brazos de mi padre, risueño entre las paredes de mi casa pintadas de un color diferente al de la guerra, o quizá era el mismo tono que mi estado de ánimo trastocó de níveo a ocre untado de pesadumbre. Porque en mi infancia hubo risas, miradas tiernas, antes de que nos inundara la aflicción que abatió mi carácter como una ola gigantesca que choca contra el castillo de arena. Será esta tristeza impresa en mis ojos la que levanta el muro entre Juana y yo, esta mirada fatídica que también se descolgó sobre mi madre como una especie de velo tenebroso, una gasa fúnebre, desde que comenzaron las terribles noches en las que mi padre volvía a ajustarse los correajes y a tomar la pistola, pero, sobre todo, desde el día en que, extrañados de que no saliera de su dormitorio, rompió el silencio profundo y sobrecogedor de la noche, el estampido insoportable del disparo descerrajado en la sien, abandonándonos para siempre, el suelo enrojecido de sangre viscosa, los ojos de papá perdidos en el techo, liberados de la pesada carga que lo mortificaba desde el comienzo de la maldita guerra, y un montoncito de estampitas desparramadas por el suelo como flores marchitas, salpicadas de sangre como si la Virgen también hubiera muerto................................................
Segundo clasificado: El romanticismo de las esdrújulas; Ginés Mulero Caparrós - Viladecans (Barcelona) con:
EL ROMANTICISMO DE LAS ESDRÚJULAS.
Prólogo.
Las cenizas de Andrómeda presidían altaneras la cómoda isabelina. El silencio reverente y la declinante luz mortecina de la dependencia incitaban a la desazón más pausada, la menos reverberante. La sensación de vacío me aguijoneaba introduciendo un veneno lento y denso que acaparaba el espacio de la verdad por saquear. Mis aguas frías, serenas, de adolescente adormecida en la azul marea que me arrastraba dulcemente, se alejaban; llevaban un tiempo prudencial acercándose a la tibieza, pero en aquel momento en concreto (cuando encontré las cenizas), me hervían bullendo en una enervada desesperación que sólo apaciguaría el conocimiento, el saber. Yo no había conocido a Andrómeda en vida y sólo su mención en la casa, como en una magia esotérica y ancestral, envolvía la atmósfera hogareña con un halo de misterio que encendería la sagacidad a la estulticia más enana. Encontré las cenizas fortuitamente, en una de mis visitas de cortesía, hacía unos dos meses, día más, día menos, buscando un dedal de plata que tenía grabado en el cielo del paladar la Cruz de Caravaca, antes de que enfermara mi abuela Úrsula.
Las cenizas de Andrómeda estaban cegadas por la porcelana del alargado jarrón japonés que tanto le agradó en vida; si se observaba atentamente aquella pieza de arte oriental floreada con miríadas de nenúfares difuminados, haciendo aguas, había algunas grietas minúsculas –por el calor condensado y por el tiempo diluido- que todavía no traspasaban el grosor de la loza pero que amenazaban con hacerlo, que auguraban saetas de luz natural o artificial según el momento del día o de la noche- en su interior, como una premonición que estaba más cerca de detonar que de no hacerlo. El séquito que acompañaba a los restos mortales sobre la cómoda –a derecha e izquierda- lo componían un busto de alabastro de uno de los Médicis, Lorenzo I, el Magnífico, y otro busto de mármol de Ludwig van Beethoven, ambos admirados por Andrómeda, el primero por ser protector de las Artes y de las Letras y el segundo por su ópera Fidelio; “...Si Andrómeda resurgiera de sus cenizas como el Ave Fénix, no le importaría estar flanqueada por esos guardaespaldas tan superdotados”, había dicho mi abuela en algún momento indefinido y en ningún lugar en concreto, con su tono particular, heráldico; el alabastro y el mármol la cautivaban............................................................................
Tercer clasificado: Título; Enrique Rubio Palazón - Murcia con:
Seudónimo: “seudónimo”
TÍTULO
dedicatoria…
00.05 h
Estoy sudando y no paro de dar vueltas en círculo, alrededor de mi portátil. Se me acaba el tiempo. No sé cuántos kilómetros llevo recorridos en esta órbita en torno a mi agujero negro, sin llegar a ningún lugar que no sea el punto inicial. Y tengo que llegar a Oria. Tengo al lado de la pantalla un gran reloj-despertador con las pilas recién puestas. Pretendo dar a luz algo brillante, fascinante… aunque resulte doloroso. Pienso en qué escribir, mientras titubeo entre dientes e intento concentrarme con mi vieja pelota de tenis: acariciándola, apretujándola, y tirándola a la pared para cogerla de rebote. Una búsqueda de inspiración quizá algo brusca y forzada. Pero necesito un orgasmo aunque tenga que violar a mi musa. Voy a escribir esto mismo que estoy pensando. También podría ir intercalando pensamientos con lo que realmente escribo, aunque parece que ya lo estoy haciendo. Tampoco quisiera excederme avariciosamente y convertir lo original en pretencioso. No creo que tenga tiempo de excederme. Tengo que mandar lo que sea. Me he propuesto no rectificar ni una sola palabra. No hay tiempo de retroceder. Sólo miraré hacia delante, sin girar la cabeza hacia atrás. Debo dejarme fluir… dejarme fluir. ¿Cómo se llega a Oria?................................................................................................
Copyright © por Asociacion Juvenil "el Rural" Derechos Reservados. Publicado en: 2008-09-05 (221 Lecturas) [ Volver Atrás ] |
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